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De mentiras y espejos.

De la inconveniencia de mirarse a un espejo que no es el suyo.

Hoy, mientras pensaba en el narcisismo,
estuve escribiendo el siguiente poema:
 
ESPEJOS DIFERENTES
Hay muchos espejos, queridos,
tantos como lugares y caras.
El espejo de tu casa
no es problemático:
te conoce
y deja que te prepares
para el autoengaño y el humo
que mitiga el deterioro de tu máscara.
Muy diferente es cuando te encuentras
con un espejo que no esperabas
(a las tres de la mañana en un bar nocturno)
y te das un susto de muerte.
No todos los espejos mienten.

El poder de la mentira.

Toda mentira huele a muerte. También digo que en algunas personas se detectan continuas mentiras tácticas y pestilentes, y que esas personas apestan a muerte.

Pero pensemos: ¿por qué mentiras tácticas?

En uno de sus libros Adam Phillips explica que empezamos a mentir en la infancia, y sobre todo en la época en que comenzamos a interpretar nuestra propia vida infantil en términos fantásticos. Phillips cree que el niño miente no para defenderse: el niño miente porque cree que esas mentiras “tácticas” le confieren un poder (aunque así sea un poder imaginario).

Todo aquel que nos miente no lo hace por fatalidad, tampoco lo hace por comodidad, y por descontado que tampoco lo hace por piedad. Lo hace para gobernarnos mejor, para obtener (o mantener) un poder sobre nosotros.

Ya habran visto lo que decía Descartes sobre los que nos han engañado una vez (jajaja ¿una?, por favor). ¿Y los que nos han engañado cien veces?

Han buscado cien veces gobernarnos con falacias. Huye de ellos como de la peste. Son en realidad la peste y no intentes oponerte a ellos con verdades porque no sirve de nada. Convertirán tus verdades en mentiras tácticas, y de paso también en muerte.

 

El dolor y la mentira.

Todo empieza por la aceptación del dolor de la propia historia. Los que no lo aceptan y lo escamotean se están mintiendo a sí mismos, unas veces por omisión, otras por recurrir a falsos recuerdos.
Con toda evidencia, esas mentiras que algunos se cuentan a sí mismos por no aceptar los momentos más dolorosos y terribles de su aprendizaje, apestan a muerte.
Puede decirse que toda cura psicológica afortunada termina cuando el paciente acepta finalmente el dolor de su propia historia.
Los sujetos que, ya desde la infancia, aprendieron a no escamotearle nada al alma no necesitan ayuda psicológica. Sus experiencias en la vida, y el dolor o placer que causaron, les han dejado claro que es fundamental para el desarrollo de la inteligencia, la felicidad personal y la dignidad ante la tragedia no decirse la más mínima mentira a uno mismo.
 

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WoW!!

me dejaste sin palabras!! realmente tienes muxixima razon. mis respetos, buenisimo tu razonamiento mil felicidades!!

princesa fea...luna menguante