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Lunas de Octubre

Lunas de octubre.

 

Luces en los 360 grados. Concentre la mirada en lo que ha sido desde siempre una costumbre para mí: la luz más lejana. Esta vez, como casi siempre, la luz era parte de la rica escenografía de un monte. ¿Qué también se la estarán pasando en aquella luz?, ¡seguramente ha de ser una de las mejores fiestas que se han dando en mucho años aquí en el Valle de México!, o tal vez sea la escena de un crimen atroz, uno nunca sabe, supongo que es lo interesante de las luces lejanas.

 ¿Les tomo la orden?  Diablos, he olvidado poner atención a lo que sirven en este lugar.

-Un whisky, por favor…entonces una cerveza...obscura, cualquiera pero que sea obscura.

-Yo, también tomare una cerveza, la mía que sea clara, por favor.

-Dime una cosa: ¿No habías ya dejado de fumar?

-Si, pero en días como estos me dan una ganas horribles de aspirar y espirar, además cada que pido una cerveza clara es indispensable pedir un cigarro.

-¿Me das uno?

-¿Tú tampoco has podido dejarlo?

-No, cada que lo intento me encuentro contigo.

-¿Qué dices, que yo soy la causante que fumes?

-Entre otras cosas...

 En esos instantes de extraña comunión con los placeres más amables de la vida no se me ocurre que va ser de nuestro último otoño junto en este lugar. Pues el planear una boda no es cosa fácil. Por eso, cada que recuerdo  esa noche pienso que no deberíamos ser mezquinos cuando vemos a alguien feliz, pues dicha felicidad nunca dura lo que debería durar y no será mucho el tiempo en el que la siéntanos vibrar bajo la luna de octubre.

 El joven mesero (algo fastidiado), nos lleva lo que es la cuenta, a lo que resuelve la propina con una sonrisa, la cual deja ver la el fino labrado con el que la caries ha enriquecido la orografía de su dentadura. Afuera, el favor de la luna llena ilumina con intensidad nuestro camino. Entre risas y recuerdos planeamos lo que será el fin de nuestros encuentros, ya no habrá más casualidades

 En la cama, abrazado de la cintura como un pasajero de motocicleta al conductor de quien, hasta ese momento, era mi mujer. Decidí hacer un recorrido imaginario, comenzado desde la espalda y terminado en  nuca. Se trataba de un ejercicio habitual, que llevaba a cabo para comprender todos aquellos accidentes corporales muy particulares de ella que me hacían perder la razón.

 Alma se sienta a mi lado.

-¿No vas a bañarte?

Le contesto que solo me basta con verla mojada para sentirme fresco. Sonríe y me pregunta en que estoy pensando.

- En el otoño, solo en el otoño. ¿No te gustaría vivir en un lugar en donde siempre fuera otoño?

Me mira con asombro y murmura.

-Hablas como si te fueras a marchar.

-¿A donde?

-A cualquier parte.

Alma me da un beso fugaz en la mejilla. Me quedo sumido en la gloria mientras ella se tiende a mi lado. Diríase que la pereza habita la sustancia más íntima del aire. ¿Alma ya está dormida? Lo está.  

Dos horas después, la pereza continuaba presidiendo la noche. Me vestí con la agilidad de un gato y salí con lo que era el ultimo cigarrillo de la cajetilla. Mientras camino, puedo escuchar la combustión del tabaco entre mis labios. La luna sigue allí, esa magnifica luna de octubre siempre allí. Olvide, no creo que decidí, no despedirme de Alma, pues no quería interrumpir la tranquilidad de su sueño y tampoco estaba dispuesto a escuchar sus estúpidas explicaciones, así que solo le regrese el beso en la mejilla y un trémulo "hasta nunca".

Tiempo después, supe que la boda de Alma se llevo acabo sin acontecimientos que exaltaran al desorden. Que con Carlos, se habían ido a vivir fuera del Estado de México y que llevaban una vida ejemplar y sin problemas. Extrañamente, sentí un alivio en mi interior, pues es lo que siempre hubiese querido para con Alma.

Yo sigo con mis lecturas dominicales justo a las siete de la noche por atrás del kiosco y justo al frente de la jovencita que vende ilusiones a los niños en botellitas de colores. Como siempre, en compañía en de los viejos boleros y de los chicos intrépidos montados en tablas de cuatro llantas, que pasan la mitad de su tiempo intentando hacer la proeza que los lleve a la mayor de sus cicatrices y la otra mitad de su tiempo, en hablar de sus cicatrices hechas con anterioridad. Es pues, un domingo como cualquier otro, la brisa sube desde el teatro. En la obscuridad aplacada por la luna (curiosamente, de nuevo: una luna de octubre), los pequeños arboles se estremecen en intervalos irregulares, huele a granos de maíz con otro olor mas fuerte que no puedo reconocer.

En esos momentos hago un apartado en la página 199 para tomarme un respiro e imaginar, cuando veo tres verticales.  Es Alma acompañada, de lo que es ahora su esposo y su hijo, tengo curiosidad. Caminan con un aire fresco, ella le muestra con su huesudo dedo índice todas las particularidades de Tiaguistenco, Carlos sorprendido por lo pequeña que puede ser una ciudad sonríe a todos los acontecimientos que se le dictan.

 Carlos tenía treinta años cuando irrumpió en nuestras vidas, si bien no los aparentaba, y contaban que había pasado más de un cinco en Monterrey. También decían que antes de llegar a nuestra localidad había estado un año en San Luis, otro en Morelos y otro en Yucatán, lo que lo convertía en un hombre de naturaleza errática que o bien no encontraba su lugar, o bien no quería encontrarlo, o bien lo que buscaba no era de carácter territorial. Era muy afable, según decían los que habían entrado en contacto con él, y su mirada clara indicaba claridad interior y sosiego. Además, traía con él un cierto olor citadino y parecía muy observador. 
 Me levante de mi recinto, recuerdo, haberme topado con el más viejo de los boleros que insistía en asearme el calzado, con la jovencita que trataba de venderme un frasquito de detergente con el aplicador incluido para soplar y soplar, hasta que al fin llegue con Alma. Todos estos acontecimientos que se llevaban a cabo en esos intervalos vacíos de los que está lleno el día, en esos instantes en los que el tiempo parece ajeno a nuestra vida y nuestra vida ajena al tiempo, cuando no pensamos en nada y casi somos nadie, con la mente en suspenso y la vida en suspenso. En esos tiempos inertes, en las esquinas de las horas, en las esquinas de la vida, me acerque a ella y comencé a elogiarle con una voz suave y convincente…

 

 

 

 

 

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